Pongamos que hablo de Joaquín

Corrían los años 60 y los jóvenes luchaban por la Revolución, una utopía que esa generación hizo suya como parte de un patrimonio natural. Eran los 60, y los sueños cabían en imaginarios que no querían hacer suyas banderas del color de competitividad o de mercado, ni hacer suyas tampoco, aquellas premonitorias palabras del Dickens de Tiempos Difíciles, que auguraban que “lo que no se podía trasladar a cifras, lo que no se podía comprar al precio más bajo para revenderlo al más alto, no existía, ni existirá jamás, por los siglos de los siglos. Amén”… eran los sesenta. Un joven del interior de Andalucía, nativo de Ubeda, Provincia de Jaén, estaba matriculado en la Universidad de Granada estudiando filología, por ser fiel a su temprana vocación de amante de la lengua española. Pero eran los sesenta, y aún el hijo de un comisario del franquismo -quien singularmente también tenía vocación de plumas además de aquellas de la represión de esas horas- tomó partido por los ideales que sobraban en los jóvenes de entonces y que en una España signada por la dictadura, se acentuaron con doble tilde. Eran los sesenta. Un cocktail molotov, casero, casi ingenuo arrojado a un banco de Granada, hizo de ese joven de provincias un hombre oficialmente comprometido. Por un tiempo lo usó como bandera para exiliarse en Londres, pero al cabo de los años tuvo la hidalguía de reconocer que mientras que sus compañeros debieron sufrir prisión por aquel ensayo de aventura libertaria, él por ser hijo de comisario solo debió presentarse diariamente en la propia comisaría de su padre, sufriendo la humillación de no recibir por ese privilegio, ni siquiera el orgullo de pagar como un caballero por sus actos.

No fue ese cocktail molotov, ni los muchos – menos anarquistas, y más etílicos que con los años haría parte de su vida – lo que lo apartó siete años de España.

Pongamos que hablo de Joaquín, de Joaquín Ramón Martínez quien adoptó el apellido de su madre y pasó a entrañar a un personaje que hoy pasea su esqueleto por el mundo, acariciando una guitarra, y con voz quebrada y hoy madura, dice verdades que desde Kierkegard a Nietzche, de Sartre a una suerte de existencialismo a su manera, conjuga Albertis y Lorcas, hilvana Nerudas y Machados, ata Hernández y Cervantes. Aquel joven de provincias ya puede hoy bien esgrimir su filiación madrileña, porque representa mas que ninguno el sentir urbano de una capital como la de esta nueva España, cuya “movida” ayer, su “marcha” hoy, Sabina esgrime como nadie y encarna a varias generaciones que no pueden comprender el halo de éxito que lo rodea, porque más allá de una voz tan arrugada como su alma, encarna la decepción, la ausencia de mañanas, el vivir a tope el día mas la noche, el juntar el quiero con el puedo.

Lo suyo no es filosofía, ni tampoco es letra solamente, lejos está de ser es exclusivamente música que trae en sus maletas después de cada viaje y hermana trópicos y méxicos, argentinas y flamencos, blues con rock ‘ roll, y hasta algún rap con un dylaniano regreso a sus orígenes de trovador en la mitológica Mandrágora. Su música y su verso es un todo hermanado en una voz quebrada ya por el humo y las costumbres, a las que se niega a acostumbrarse, que se renueva a cada paso, como si el ayer no fuera mas que una humedad en las aceras y solo futuro hubiese para intentar sobrevivir, confesándose un ramillete de defectos, pero encarnando en realidad un ramillete de virtudes, que seguramente negará el enfant fatal que tanto le gusta encarnar.

Exilio en Londres, no por aquel ingenuo estallido de una bomba casera en Granada, sino por la atmósfera franquista que agobiaba y “los trenes iban hacia el norte” ofreciendo a manos llenas libertad. Siete años de una suerte de autoexilio, vida de okupa, “días que tocaba comer, noches que no”… y un regreso a su patria, finalmente liberada. Trabajo de periodista, fiel siempre a su vocación de letra, y finalmente el conjugar su decir con un sonido y sus primeros triunfos ya en Madrid. Pero si las letras eran sus huesos, la música era su piel. Joaquín Sabina se inició con un disco, más tarde por él mismo repudiado, en esa vena que era la orden del día, la canción de autor y de protesta (que hoy con su incomparable humor e inteligencia a toda prueba, se apura a definir como “de próstata”). Con el mismo esmero, pasión y obsesión con el que esculpió cada fonema, verso, rima de sus letras o sonetos talló también un personaje. Acrata, solitario, amigable, ciclotímico, enemigo de banderas – excepto la de su España republicana – alérgico a las rutinas, aún las del amor, ha sido fiel solo a su ideario libertario. Cuba (no Fidel), un Ché Guevara, un Subcomandante Marcos, una América querida y admirada, un negarse a hacer conciertos en el Perú de su propia mujer, mientras gobierne Fuyimori, son parte de su equipaje ideológico de hoy.

Militante de una España que se mantenga fuera de la OTAN, se sintió defraudado por el PSOE y desde entonces confiesa que no se molesta en levantarse una mañana para deposita su voto. Pero sin que se haya propuesto ser abanderado, mas que de causas perdidas, y detestando el rol de modelo de ninguna forma de vivir, sin quererlo ha devenido en un símbolo inequívoco de nuestra hora. Su éxito, su atracción a un extenso diapasón de generaciones, que aún dando algunos sus primeros pasos por la vida de adultos, son devotos de su desilusión. Este hombre de 51 años de edad, “sin un pelo de sonso y cuatro canas… con una inexplicable mala salud de hierro”, ha sabido cantarle como nadie a la libertad de elegir ser uno mismo.

No es difícil comprender que haya “merchandising” en los conciertos de Sabina, tampoco el que una entrada para verlo contradecir al sistema haya que pagarla 50 “pelas” y que como toda estrella devenida en involuntario ¿involuntario? Paradigma de una sociedad, viva rodeado de guardaespaldas y trincheras que amurallan su vida urbana tan querida y así deba ver amenazada su tan preciada libertad. Le queda la canción, el verbo, los amigos, las cuatro paredes de su casa, su torre de babel y una Babilonia que encierra en sus entrañas, de las que gestan esas palabras que nos ayudan a vivir.

Joaquín Sabina hoy gana fortunas, pero no tiene en su bolsillo mas que unos pocos “duros” para menudos gastos, una tarjeta de crédito – el sistema es el sistema – y no sabe ni quiere saber a cuanto asciende su cuenta de banco, que administra la madre de sus hijas y de las que él prefiere ni enterarse, para seguir – al menos intentarlo – siendo el que fue y seguramente será. Solo lamenta, y le creemos, que sus hijas son hoy hijas de ricos y que como tales deberán crecer.

Pongamos que hablo de Joaquín.

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~ by joaquinsabina on May 13, 2007.

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